El ritmo moderno de la vida está indisolublemente ligado a la tecnología. Los teléfonos inteligentes, tabletas y redes inalámbricas hacen que la vida diaria sea extremadamente cómoda, brindando acceso instantáneo a la información. Sin embargo, junto con la comodidad, los campos tecnogénicos han entrado firmemente en la vida cotidiana, creando una carga de fondo invisible pero constante en el entorno interno.
El sistema biológico es una red bioeléctrica altamente compleja. Cada célula, impulso nervioso y latido del corazón funciona gracias a señales eléctricas sutiles. Al estar en el epicentro de campos artificiales que emanan de enrutadores y dispositivos móviles, este ritmo natural se somete a interferencias externas.
La necesidad constante de adaptarse a tales condiciones agota los recursos del sistema nervioso. Surge una paradoja: mientras se encuentra en estado de reposo físico, el sistema biológico experimenta una tensión interna colosal, que con el tiempo se transforma en agotamiento crónico de energía.
