Existe la creencia generalizada de que el encuentro con factores agresivos proporciona al sistema biológico una "protección de por vida". La resistencia adquirida, basada en la producción de proteínas específicas (anticuerpos), efectivamente actúa como un sistema de reconocimiento. Sin embargo, las investigaciones demuestran que este recurso no es infinito: la concentración de marcadores protectores disminuye con el tiempo, dejando al entorno interno vulnerable una vez más.
La principal línea de defensa es la respuesta innata o celular. A diferencia de los anticuerpos, que "esperan" a un agente conocido, la protección celular funciona de manera proactiva. Los linfocitos T y los macrófagos patrullan el entorno interno diariamente, neutralizando células atípicas y elementos desconocidos antes de que puedan alterar el equilibrio.
Pero para que este delicado proceso funcione eficazmente, se requiere un suministro ininterrumpido de nutrientes y reguladores. Sin una hidratación adecuada, grasas de calidad y prohormonas específicas, incluso el sistema más perfecto pasa a un estado de reposo, permitiendo que las amenazas penetren en las células.
